Trabajo desde hace más de diez temporadas como instructor profesional en la escuela de esqui baqueira, y siempre empiezo las clases aclarando una idea básica en el primer encuentro con el alumno: Baqueira no es una estación para improvisar. Tiene amplitud, desnivel y cambios de nieve muy rápidos, y por eso aprender aquí exige algo más que valentía o forma física. Ajustar esa expectativa desde el primer párrafo de la experiencia marca una diferencia enorme en cómo progresa cada persona.
Recuerdo a una pareja que llegó un invierno convencida de que las clases eran solo para principiantes. Esquiaban desde hacía años, pero evitaban ciertas pistas porque “no se sentían cómodos”. En la primera bajada noté enseguida el problema: demasiada rigidez y una tendencia constante a echar el cuerpo atrás. No era falta de nivel, era una técnica mal asentada. En dos mañanas de trabajo tranquilo, cambiando el ritmo y el terreno, bajaron por zonas que llevaban temporadas esquivando. No porque la pista fuera más fácil, sino porque ahora sabían leerla.
Mi formación como técnico deportivo titulado en esquí alpino me ha enseñado muchas cosas, pero la verdadera escuela ha sido el trato diario con alumnos reales, en condiciones reales. En Baqueira, una pista que a primera hora es una delicia puede convertirse en un reto serio después del mediodía. Saber decidir cuándo seguir y cuándo parar no se aprende en un folleto, se aprende estando ahí, invierno tras invierno.
Uno de los errores más comunes que veo es la prisa. La gente quiere resultados rápidos, bajar más fuerte, llegar antes a las rojas o a las negras. El invierno pasado tuve a un adulto que insistía en ir demasiado rápido para su nivel. Cada giro era una lucha. Le propuse algo que al principio no le gustó: bajar más despacio, con menos pendientes, pero con control total. Al tercer día estaba menos cansado, más seguro y, curiosamente, bajando mejor incluso en pistas más exigentes. A veces avanzar es aceptar dar un pequeño paso atrás.
También he trabajado con muchos niños, y ahí la experiencia de la escuela se nota todavía más. Una vez, durante una semana de mucha afluencia, un niño se bloqueó completamente después de una caída sin importancia. En lugar de forzarle a seguir, cambiamos el enfoque, usamos terrenos más amables y juegos de equilibrio. Dos días después volvió a confiar. Ese tipo de situaciones no se resuelven con prisas ni con gritos, sino con paciencia y conocimiento del entorno.
Mi opinión profesional es clara: aprender o mejorar en Baqueira sin apoyo adecuado suele alargar el proceso y aumentar la frustración. No porque la gente no pueda hacerlo sola, sino porque la estación tiene demasiados matices como para ignorarlos. He visto esquiadores gastar mucho dinero en material nuevo esperando que eso solucione problemas que eran puramente técnicos. La escuela, bien aprovechada, suele ahorrar tiempo, esfuerzo y más de un susto.
Después de tantos inviernos, sigo pensando lo mismo cada vez que me calzo los esquís para dar clase: una buena enseñanza no se mide solo por cómo bajas una pista ese día, sino por la seguridad y confianza con la que volverás a hacerlo la próxima temporada. Y en una estación como Baqueira, esa diferencia se siente desde la primera bajada.